La forma de tejer

proceso y resultado

Cada persona teje de una manera distinta.

No es algo que se vea solo desde fuera, sino algo que se percibe y que está ocurriendo constantemente mientras el tejido se va construyendo. Se observa en cómo sostienes la aguja, en la postura del cuerpo, en cómo entra la aguja en el punto, en cómo se desliza y cómo sale, en la tensión que se va generando sin que seas del todo consciente de ella, en el ritmo al que avanzas.

No es un simple detalle sin más, es parte de la estructura.

Muchas veces se intenta corregir la forma de tejer como si hubiera una única manera correcta de hacerlo, como si todo pudiera estandarizarse: cómo coger la aguja, cómo formar el punto, qué tensión es la adecuada, qué resultado deberías obtener. De la misma manera que encontramos referencias estándar en las etiquetas de los ovillos o en los patrones, parece que también quisiéramos que la forma de tejer respondiera a ese mismo esquema.

Pero esto no es una ley universal.

No solo porque cada persona teje de una manera distinta, sino porque precisamente ahí está una parte esencial del tejido: en que cada mano construye de forma diferente y, por lo tanto, cada resultado también es único.

Porque no se trata de que todas tejamos igual ni de llegar a un estándar común. A veces también es recomendable introducir pequeños ajustes en la forma de tejer, pero no para estandarizar ni para mimetizar una manera con otra, sino para que el tejido funcione mejor en tus manos: para que la tensión sea más estable, para que el punto fluya con más naturalidad, para que la herramienta se adapte a ti y no al revés.

En definitiva, para que te conozcas mejor mientras tejes, para que el trabajo sea más eficiente, para que te cunda más con menos esfuerzo, para reducir la fatiga y, sobre todo, para entender que cualquier pequeño cambio en la técnica tiene una consecuencia directa en el resultado.

Cada tejedora es única.

Además, hay algo más que muchas veces no se tiene en cuenta. La tensión no depende solo de la técnica, sino también de cómo estás. El estado de ánimo, la postura, el momento en el que te sientas a tejer… todo influye. Mantener una tensión constante durante todo el tiempo que requiere una prenda es, simplemente, imposible.

Y la forma de tejer no es algo que puedas cambiar de un día para otro, ni algo que debas forzar. Puedes intentar tejer más flojo o más apretado durante un rato, pero esa tensión no es estable, no es tuya. Y en cuanto dejas de prestarle atención, vuelve a su sitio.

Por eso, más que intentar modificar cómo tejes, tiene mucho más sentido entender cómo tejes.

Observar qué está pasando en tus manos, cuál es la conexión entre lo que piensas y lo que haces, cómo se traduce esa información en el tejido, entender qué tipo de tensión generas de forma natural, porque es ahí donde realmente puedes trabajar y es ahí donde todo empieza a encajar.

Cuando entiendes tu forma de tejer, ajustas la herramienta y toda la información de la que dispones a la hora de acercarte a un proyecto para que todo ese conjunto trabaje contigo, pero sobre todo para ti.

La aguja deja de ser una recomendación genérica y pasa a ser una elección concreta, tomada con criterio. La densidad deja de ser un número al que tienes que llegar y se convierte en algo que construyes desde tu propia tensión, desde tu propio autoconocimiento y desde el conocimiento de la disciplina en la que estás trabajando.

Y eso cambia completamente el proceso y también el resultado porque ya no estás intentando replicar algo desde fuera, estás construyendo desde dentro.

Y es ahí donde el tejido empieza a tener coherencia, no solo en el resultado sino en cómo llegas a él.



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