Las agujas de metal, por ejemplo, deslizan mucho. El punto corre, el tejido avanza rápido y la sensación es de ligereza. Pero esa velocidad también puede hacer que pierdas control, sobre todo con fibras que ya de por sí resbalan, como el lino o algunas mezclas vegetales.
En esos casos, una aguja con más agarre —como el bambú— cambia completamente la experiencia. El punto se sujeta más, tienes más control sobre la tensión y el tejido se contiene sin necesidad de forzar nada.